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Colombia vive una
de las guerras más antiguas del mundo. Más de 50 años que han dejado
hasta hoy miles de muertos. Se habla incluso de una guerra civil no
declarada que agota al país y llena de desesperanza a sus 45 millones
de habitantes. Porque, además, cada vez que se empiezan a ver luces de
una posible salida al conflicto, como si se tratara de una maldición,
vuelve a cernirse la sombra de la muerte, como ocurrió con un ex
ministro y un ex gobernador que fueron asesinados hace algunas
semanas, justo cuando se empezaba a hablar de acercamientos y posibles
diálogos entre gobierno y guerrilla.
La violencia ha
provocado casi una desbandada en los campos colombianos. En 1950, el
75% de la población de este país vivía en las zonas rurales, hoy allí
sólo vive el 25% de los colombianos. Sobra decirlo, muchos han huido
y, como han podido, se han refugiado en las grandes ciudades. Este
fenómeno ha sido especialmente dramático en el 'triángulo' central del
país, quizá el más productivo, pero también donde se concentra gran
parte de la lucha armada.
No hay duda de la
riqueza de esta tierra, tanto en recursos, como en sus gentes, de otra
manera no se podría explicar que este país, bañado por dos océanos y
estratégicamente situado, haya podido soportar, sin que se desplome
por completo su economía o se apaguen sus esperanzas, tantas décadas
de guerra.
Porque, a pesar de
la imagen internacional, Colombia también produce café, banano,
flores, azúcar, palma africana y frutas exóticas, entre otros, y ocupa
el tercer lugar en el mundo en biodiversidad. Pero además, frente a
una guerra que agota al país, se presenta una Colombia con suficiente
recurso humano en edad productiva, unos climas tropicales únicos,
tierras disponibles y baratas y un mercado interno creciente.
Y más allá de
todas las perspectivas positivas, aparece un argumento incuestionable:
es probable que miles de jóvenes que van a la guerra en uno u otro
bando lo hagan por falta de oportunidades, porque no tienen trabajo.
Parece evidente: si estos jóvenes logran maneras dignas de vivir y de
dar lo necesario a sus familias, seguro que decidirán cambiar guerra
por paz, muerte por vida, fusiles por herramientas para labrar la
tierra... El ser humano sigue amando su existencia, y los hombres y
mujeres colombianos prefieren vivir, amar y construir.
Y por este camino
se dirige la propuesta del empresario colombiano y miembro del consejo
asesor de la Fundació
ajudantajudar,
Jorge Carulla, quien asegura que "el paso de la guerra a la paz
depende, en gran parte, de que se cubran las necesidades básicas; se
equipare la distribución del ingreso, aprovechando los recursos
disponibles; se permita la igualdad de oportunidades; se pase del
resentimiento a la justicia social; de la agresividad a la
solidaridad; y de la violencia a la equidad."
Carulla, a partir
de un estudio de la situación del campo colombiano, aporta los datos
que se han mencionado en este artículo. Y con base en ellos hace una
propuesta novedosa de construcción de la paz: crear agroempresas
participativas integrales sostenibles. Se trata de implementar
estrategias a largo plazo para desarrollar una cultura agroempresarial
participativa, integral y sostenible, en la que la formación de las
personas es uno de los ejes centrales. Con este fin, la propuesta
incluye la creación de las empresas-escuelas campesinas expansivas (EM.E.C.E.).
Algunas de las
estrategias centrales de esta propuesta de paz son la construcción de
entramados de producción agroindustrial; la creación de servicios
tecnológicos especializados; el montaje de plantas de transformación
con tecnología punta, en sectores como la producción de congelados,
deshidratados o envasados; la implementación de modelos integrales
agroempresariales y la capacitación a todos los niveles.
El impulsor de
esta propuesta asegura que "el campo no tiene gerentes", por tanto, se
trata de dar a los campesinos las herramientas necesarias para que
puedan crear agroempresas, gestionarlas y gerenciarlas de manera
sostenible, como una alternativa pacificadora. Carulla sabe de qué
habla, porque su visión de la empresa y su gran conocimiento de la
realidad colombiana, lo han llevado a iniciar proyectos como
Sermagdalena, una empresa agroindustrial con perspectivas de futuro.
Lograr la paz es
un proceso lento y que requiere inversión. Por ello, el miembro del
consejo asesor de Ajudant Ajudar estuvo en Barcelona exponiendo su
proyecto: porque se necesita inversión extranjera y participación
internacional, bien sea a través de la identificación de nuevas
oportunidades de mercado, de estudios de viabilidad, de acompañamiento
para el montaje de empresas piloto o a través de la inversión directa
en capital y tecnología.
Sin duda, este
proyecto toca el nervio de la problemática colombiana: el germen de la
guerra es el hambre. La paz llegará por la vía del desarrollo, la
equidad y las oportunidades para todos.
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