La
soledad y el silencio, el silencio y la soledad,
uno y otro forman una unidad de posibilidades del ser, se
ofrecen ante nosotros como la capacidad de descontaminarse de
tantos estímulos ambientales poco humanizantes que se imponen a
nuestra conciencia, para dar paso al acto de libertad que supone
ponernos en el ámbito de posibilidad de atender los estímulos
que germinan en el interior de cada uno. Buscar en nuestras
vidas espacios para cultivar estos dos valores aparece ahora
como algo absolutamente necesario si queremos crecer
armónicamente como personas.
La soledad y el silencio son un viaje hacia
dentro. Para entrar en nuestra interioridad, sólo hace falta
apartarse del rugido exterior, apartarse física y mentalmente de
tanto ruido y ajetreo innecesarios y destinar algún tiempo y
lugar para hacer esta inmersión en la tarea más importante que
tiene por delante todo ser humano: paladear, disfrutar del
regalo de la existencia. Evitar la dispersión en la que nos
perdemos para encontrar la esencia de nuestro ser personal.
Descubrir los mil motivos de asombro y de gratitud que encierra
la vida. Entender cómo sólo a través de este viaje, somos
capaces de descubrir que la comunicación y la solidaridad con
los que nos rodean son la única posibilidad de realizarnos
personalmente.